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Restaurar es preservar el patrimonio

GRAN CONVERSADOR, JOSÉ MARÍA GARAGORRIES UN APASIONADO DE LOS VEHÍCULOS CLÁSICOS, AFICIÓN QUE COMENZÓ EN LA INFANCIA Y HA IDO DESARROLLANDO GRACIAS A SUS VIVENCIAS PROFESIONALES EN EL MUNDO DEL MOTOR. POR JUAN I. VIEDMA. FOTOS: JORGE CITORES.

Juan Ignacio Viedma.¿Qué supone para usted la restauración de vehículos?

José M.ª Garagorri. Siempre he pensado que es una manera muy importante de preservar el patrimonio cultural e industrial.

Estoy muy satisfecho de las restauraciones que veo hacer y que hago yo mismo, intentando guardar al máximo la fidelidad con el vehículo de origen.

J.I.V.¿De qué manera suele trabajar?

J.M.G. Normalmente, suelo analizar y comprender las razones que llevaron a los creadores de un vehículo a la utilización de determinadas soluciones que hoy nos pueden parecer chocantes. Para ello, es preciso conocer el perfil de los ingenieros que participaron en el proyecto, de la empresa que lo fabricó, y de los recursos industriales y económicos con los que contaban en la época. Me parece, por todo lo señalado, que la meticulosidad es muy importante en este tipo de actividad.

J.I.V.¿Tiene preferencia por alguna etapa de la historia de la automoción?

J.M.G.Me gusta centrarme en los vehículos fabricados entre los años 1950 y 1975. El automóvil ya era una máquina fiable y los proyectistas tenían gran libertad a la hora de diseñarlos. Por desgracia, en la actualidad son los departamentos de ‘marketing’ quienes delimitan de tal manera los nuevos proyectos que al final todos los fabricantes lanzan coches muy parecidos en dimensiones, prestaciones y precio. El automóvil, en cuanto a su concepción, es un compromiso entre la función, la belleza y el precio. Para mí es la mejor expresión artística e industrial del siglo XX. Antes, una obra de arte era el producto de la creación de una persona. El arte del automóvil es producto de la creación de muchos artistas que han trabajado con medios de elaboración de bocetos inimaginables en otras épocas para al final ofrecer al cliente algo que agrada los sentidos y que produce placer y emoción.

J.I.V.¿De qué vehículo o vehículos de su extensa colección se siente más orgulloso?

J.M.G.En una primera época compraba para restaurar coches de prestigio, tipo Jaguar, Porsche o Ferrari. Desde hace bastante tiempo me he dedicado más a los coches que yo llamo “perdedores”... Lo explico. Para mí, son “perdedores” aquellos modelos que no han podido sobrevivir al ser incapaces de mantener productos competitivos. Hablamos de Biscuter Voisin, Panhard, Wartburg, Goggomobil… Hechos por personas iguales –en conocimientos y forma de hacer las cosas–a las que hicieron coches de éxito, pero que no triunfaron. Por eso tengo mucho cariño a los coches “perdedores”.

J.I.V. ¿Qué le produce más placer: conducir un automóvil o una moto?

J.M.G. Sin duda alguna –responde con una rapidez inusitada–, conducir una moto. Te obliga a ir concentrado en su conducción desde el momento en que arrancas el motor; concentración al cien por cien, mientras que en un coche te puedes, aunque no debes, relajarte mientras recorres kilómetros. Esto no significa que no goce sobremanera cuando conduzco un automóvil; habitualmente, un coche clásico.

J.I.V. ¿Conduce habitualmente los vehículos de su colección?

J.M.G.Por supuesto. Habida cuenta de las limitaciones de velocidad en vigor, el uso diario

de un vehículo clásico es perfectamente posible, siempre y cuando se les presten los cuidados y atenciones que los actuales vehículos apenas necesitan.

J.I.V. Dos curiosidades... Primero, ¿qué automóvil le hubiera gustado conseguir?

J.M.G.Me hubiera gustado tener un Pegaso. Solo se fabricaron unas 70 unidades y se vendieron a precios muy elevados.

J.I.V. La segunda, ¿qué vehículo le costó más de conseguir (no monetariamente)?

J.M.G. Sin duda, la Harley Davidson de 1924, que la gané en una apuesta. Siempre quise tenerla y, para lograrlo, estuve de milicias guardando todo el dinero que me mandaban. Algunos fines de semana incluso me quedaba en el cuartel para ahorrar.

Cuando ya acabé la mili y con 2.000 pesetas ahorradas (era 1962), fui a por ella, pero ya la habían vendido. Así que fui donde los compradores –la adquirieron para competir contra los bueyes en arrastre de piedra– y les dije que era mi sueño. Hablando de todo un poco, me dijeron que habían subido a un monte, en moto, en media hora… Me la jugué y aposté las 2.000 pesetas a que lo hacía en menos tiempo. Hubo suerte y me quedé la moto (imagen de la derecha) y el dinero, pero estaba muy asustado por mi osadía.

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